Demoré esta segunda publicación porque estuve leyendo una grandísima novela que hace honor al apellido de su autora: Almudena Grandes, "El corazón helado". La recomiendo, si, como a mí, les apasiona saber de la Guerra Civil Española pero advierto al lector que, parafraseando a Antonio Machado: "te helará el corazón". También en estos días descubrí el Tai Chi y empecé con unas sesiones buenísimas del Maestro Luis Duarte, algunas gratuitas en Youtube y además, la suscripción mensual cuesta 5 reales, que es lo que vale aquí un coco en la Barraca de Wellington del Portal del Sol, así que me probaré.
Mi madre intentó sin éxito que mi hermano y yo hiciéramos alguna actividad extraescolar cuando íbamos a la escuela primaria. Nos llevó a academias de Danzas Folclóricas varias, a Judo y a Bellas Artes con diferentes resultados porque para lo que para él tenía talento, yo era totalmente negada y viceversa. Así fue que al tener las siestas y tardes desocupadas nació mi primera vocación que fue ser lectora de todo lo que cayera en mis manos, en principio de los libros que me regaban, el primero "Mujercitas", de Alcott y las novelitas de colecciones juveniles de Julio Verne, R.L. Stevenson y otros de los que ahora no quiero acordarme hasta las novelas del Círculo de Lectores que mis padres escondían sobre el ropero y yo encontraba fácilmente. En la adolescencia leí lo que había en bibliotecas de mis tíos, Jorge Isaac, Herman Hesse, Dostoievski, Hemingway y también best sellers de Sidney Sheldon y Morris West (que inspiró el nombre de mi primer gato, mi Morris Morrino).
Cursé la escuela secundaria en un colegio de monjas salesianas y tuve un breve brote místico durante el cuarto año, fomentado por un retiro religioso y una peregrinación a Itatí, experiencias tan fuertes para mi pobre ser confundido por las biografías de mártires y la ficción de variada ralea que consumía sin ningún método. Yo sentía que tenía que hacer algo, que debía marcar la diferencia con la gente que solamente se acordaba de Dios en las misas y no era capaz de tender una mano a los necesitados. Fue así que junto a una vecina unos años menor pero que ya se destacaba por su amor al prójimo (y ahora es la Madre Vanesa), decidimos preparar juegos, cantos y una merienda para chicos de un barrio carenciado muy cercano y allí fuimos con toda nuestra buena voluntad, casa por casa a buscarlos y reunirlos en una canchita sin arcos, apenas un espacio verde. Nos resultó gratificante, jugamos (también rezamos que era un poco el objetivo), las nenas eran muy cariñosas y se nos colgaban para abrazarnos y besarnos quedamos entusiasmadas en volver la siguiente semana. Pero al rato de volver a mi casa empecé a sentir una picazón exasperante en la cabeza, porque además del amor me habían transmitido piojos y tantos, que lloraba al sacármelos con un peine fino y vinagre en agua. Y resumiendo, ese fue el final de mi fallida vocación religiosa, tan endeble que perdió contra los piojos...
Un poco más tarde llegó el amor a mi vida, y la poesía de Neruda y de Bécquer y después fue elegir mi carrera y el profesorado en Letras se vislumbró como el camino más nítido, más cercano a mi verdadera vocación, enseñar literatura. Pero de eso voy a contarles en la próxima publicación, para no cansarlos, mis apreciados lectores.